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Pieza de baño último modelo. Fonógrafos, cámaras fotográficas y otras novedades. El arquetipo de Juan Verdejo Larraín

XII

De regreso de un viaje a Europa trajo mi papá varias novedades que lograron despertar la admiración general. La más notable consistía en una pieza de baño completa, con todos los artefactos actualmente en uso y desconocidos en esa época, en que el retrete consistía en un cajón calado en su parte superior en forma más o menos funcional. El conjunto tenía la apariencia del puente de un barco.

A la mitad del área de la habitación se le levantó el nivel del piso en más o menos un metro; algo así como un proscenio rodeado por una baranda metálica. Para subir al excusado, en ese tiempo llamado "lugar" y denominado el " lu " por la gente fina, era necesario hacer uso de una escala. Junto al baño se instaló un enorme calefón a gas, que ofrecía el aspecto de las bombas de incendio a vapor, de esas arrastradas por percherones. Como el armatoste era complicado en su manejo, varias veces conmovió la casa con estruendosas explosiones. La taza del excusado estaba primorosamente decorada con flores en relieve, y el baño daba la perfecta impresión de haber sido construido de mármol veteado. Mucha gente solicitaba permiso para visitar esta maravilla de principios de siglo.
Entre otras novedades sorprendentes traídas de Europa, debo enumerar un fonógrafo, una máquina fotográfica, un juego de instrumentos musicales para ser tocados por niños (Kindersymphonie), y una linterna mágica. El fonógrafo era un aparato inverosímil, y nadie que hoy lo viera podría adivinar que se trataba de una máquina parlante. No hay necesidad de entrar en descripciones técnicas del tal fonógrafo; pero lo ocurrido con uno de los cilindros integrantes del repertorio vale la pena de ser relatado. En una reunión entre cuyos asistentes se encontraba un distinguido sacerdote, uno de los cilindros fue censurado y luego relegado a un desván. Muchos años después lo encontré en el fondo de un cajón y lo hice sonar. Se trataba de un canto que empezaba así:
La camisa de la Lola
el cura se la llevó,
el cura se la llevó...

La picaresca canción iba subiendo de tono, por lo que es fácil comprender el mal rato pasado entonces por los austeros dueños de casa delante del director espiritual de la familia.
La máquina fotográfica se diferencia poco de las actuales, y todavía la conservo. Como en la época en que se construyó no existían los obturadores automáticos, a la lente se le adaptaba una cajita de cuero forrada en terciopelo, la cual era retirada durante el tiempo requerido para la exposición. Papá, como un referee ante un boxeador caído, contaba en inglés los interminables segundos que duraba la pose. Debido a la escasa sensibilidad de las placas, los modelos al final de la cuenta eran acometidos por un incontrolable movimiento de oscilación.


Jamás olvidaré la tragedia que constituía la decisión del buen caballero de tomar grupos de toda la familia. El genio se le empezaba a descomponer con los arreglos preliminares. Cuando el gran telón de fondo, que imitaba un típico paisaje de Inglaterra, estaba instalado en el sitio elegido, la fatalidad decretaba que se nos cayera encima debido al inoportuno tropezón de alguno con los soportes del background . Después venía la complicación del endiablado trípode, con sus resbalones, cada vez que el nervioso fotógrafo metía la cabeza debajo del terciopelo negro para enfocar. Tristes son los recuerdos de estas sesiones de fotografía, y culpo a la maldita máquina de haber convertido a mi padre en un cascarrabias. Para colmo, después de cada "toma" olvidaba dar vuelta el chasis, y la mayor parte de las veces la foto salía en doble impresión con la anterior. Las que llegaban a salir bien nos mostraban a todos con caras de abatimiento. Casi siempre yo salía haciendo conmovedores pucheros.
Como mi progenitor era un hombre de esos que no aceptan que las cosas se hagan a medias, ordenó demoler una parte del edificio, en el tercer patio, con el objeto de construir su propio taller fotográfico. Reconociendo el mal resultado de sus fotografías, contrató a un profesional para que lo iniciara en los secretos del oficio. Muy luego llegó una cuadrilla de trabajadores que, bajo las órdenes del "maestro Lillo", hombre de confianza de papá, empezaron a levantar una galería de dos pisos. En dos meses el pabellón de fotografía que debía ser instalado en el primer piso estuvo terminado. El nombre de uno de los obreros que intervinieron en la construcción debía perdurar en mi memoria, porque en todas partes dejó escrito, con su tosco lápiz de carpintería, la siguiente frase recordatoria:


Es probable que yo sea la única persona que lo recuerde después de casi medio siglo.
Pero este nuevo Isaías no fue capaz de profetizar que su figura iba a servir de arquetipo para la representación más genuina y permanente del pueblo chileno: " Juan Verdejo Larraín ". Las características del simpático y dicharachero Aguilera quedaron grabadas en mi mente. Su firme dentadura, en que faltaba un diente, su expresión cargada de malicia y su sombrerito de paño picado en el borde, son los del ya inmortal Juan Verdejo. ¿Cómo iba a imaginarse el modesto obrero que aquel niño, a quien le construía toscos carretoncitos, iba a inmortalizar su desaliñada figura?
Algún tiempo más tarde me refugié en un rincón del segundo piso, donde mi padre había construido su laboratorio. Necesitaba aislamiento para soñar. Entre maletas viejas y muebles fuera de uso instalé mi Torre de Marfil.
Poco después de iniciar mis encerronas llegó a mi vida la señorita Judith, una encantadora vecina, quien se había hecho cargo de enseñarme las primeras letras y prepararme para ingresar al colegio. Mi mayor ambición la constituía haber podido ir a su casa portando un bolsón repleto de libros y cuadernos, como los verdaderos escolares; pero yo no contaba más que con un silabario primorosamente ilustrado con láminas en colores, y era sólo ese escuálido libro el que me acompañaba en mis idas a su casa.
Alarmados mis padres al comprobar que no progresaba en mis lecciones de lectura, empezaron a considerarme como un triste caso de retardado mental. La señorita Judith, más indulgente, atribuyó mi fracaso al silabario. que fue substituido por el "Silabario Matte". Los efectos no se hicieron esperar. Pasé rápidamente de "El Ojo" a "La Mano", y de ahí a "La Lora", hasta llegar al cuento de "El Ratón Agudo".
Las tareas las hacía en mi rincón favorito; pero un día vi con terror que éste empezaba a ser invadido por tremendos pericotes. Los repelentes roedores se quedaban mirándome en franca actitud de desafío. "Si guerra es lo que queréis - me dije -, guerra tendréis"; y siguiendo las instrucciones de "El Ratón Agudo", "con tres palitos y un ladrillo armé una trampa para cazar ratones".

Juan Verdejo (óleo, propiedad de la familia Ibáñez Ojeda).

Sin embargo. mis fieros pericotes resultaron más agudos que el ratón del cuento, porque se comían el queso y ninguno caía atrapado por el ladrillo. Decidí, por fin, poner una trampa que había en la despensa. Todos los días se cazaban dos o tres, que yo ahogaba en un tarro con agua.

Primera caricatura de Juan Verdejo Larraín, publicada en "Topaze"

Sus ojos negros y brillantes me pedían misericordia, pero yo permanecía inclemente ante mis derrotados enemigos; y una vez extraídos de su cárcel de alambre, los dejaba podrir para sacarles los esqueletos.
Regimientos de hormigas, atraídas por la fetidez, acudían en mi ayuda, y muy luego pude armar un esqueleto de ratón, gracias al cual obtuve mis primeros conocimientos de anatomía.

Esta es la primera palabra que nos enseña a leer el "Silabario Matte".
¡Qué acertado estuvo don Claudio al elegirla! Breve, ya que diferentes. " está formada por sólo dos letras ojo es la palabra que fotografía su propia significación: las "oo" son dos ojos separados por la —jota", que hace de nariz. Es, pues, la onomatopeya llevada a la caligrafía. Gran parte de los chilenos de mi generación hemos leído cientos de libros, miles tal vez; mas de ellos hay uno que jamás podremos olvidar: este que se inicia con la palabra representativa del órgano indispensable para leer todos los demás libros; la palabra que el mismo Dios debe haber creado junto con ordenar su Fiat lux, pcrque sin lps ojos la luz no habría sido percibida.
El "Silabario Matte", a pesar de su antigüedad, continúa ostentando el título de "Nuevo Métodn", porque siempre habrá nuevos ojos, ávidos de leer nuevos libros.
Mi profesora, la señorita Judith, vivía en un caserón tan grande como el nuestro, y me hacía las clases en el comedor. Jamás olvidaré la pavorosa impresión sufrida un día que estaba recitándole una poesía cuyos versos decían:

Al ocultarse el sol tras la montaña,
me dirigí ayer tarde al triste sitio
donde al fin concluyen las locas vanidades.
Junto con pronunciar las últimas palabras, sentí un fuerte y tibio hálito en la nuca. Cuál no sería mi espanto cuando, al volver la cabeza, me encuentro de manos a boca con la cabeza de un enorme toro que me miraba con inquietante fijeza.
Con la velocidad del rayo me arrojé debajo de la mesa. Bastante le costó a la señorita Judith convencerme de que abandonara mi improvisado "burladero", orden acatada sólo después de comprobar la ausencia de la fiera y saber cuán inofensiva era, ya que, desde su nacimiento, había sido criada en la casa. Al final del curso me había acostumbrado en tal forma a la presencia del animal, que mi temeridad me impulsó, más de una vez, a montarlo. El precursor de "Ferdinando" me llevaba por el jardín mansamente en su lomo.