De regreso de un viaje a Europa trajo mi papá varias novedades que
lograron despertar la admiración general. La más notable
consistía en una pieza de baño completa, con todos los artefactos
actualmente en uso y desconocidos en esa época, en que el retrete
consistía en un cajón calado en su parte superior en forma
más o menos funcional. El conjunto tenía la apariencia del puente
de un barco.
A la mitad del área de la habitación se le levantó el
nivel del piso en más o menos un metro; algo así como un
proscenio rodeado por una baranda metálica. Para subir al excusado, en
ese tiempo llamado "lugar" y denominado el "
lu
" por la gente fina, era necesario hacer uso de una escala. Junto al
baño se instaló un enorme calefón a gas, que
ofrecía el aspecto de las bombas de incendio a vapor, de esas
arrastradas por percherones. Como el armatoste era complicado en su manejo,
varias veces conmovió la casa con estruendosas explosiones. La taza del
excusado estaba primorosamente decorada con flores en relieve, y el baño
daba la perfecta impresión de haber sido construido de mármol
veteado. Mucha gente solicitaba permiso para visitar esta maravilla de
principios de siglo.
Entre otras novedades sorprendentes traídas de Europa, debo enumerar un
fonógrafo, una máquina fotográfica, un juego de
instrumentos musicales para ser tocados por niños (Kindersymphonie), y
una linterna mágica. El fonógrafo era un aparato
inverosímil, y nadie que hoy lo viera podría adivinar que se
trataba de una máquina parlante. No hay necesidad de entrar en
descripciones técnicas del tal fonógrafo; pero lo ocurrido con
uno de los cilindros integrantes del repertorio vale la pena de ser relatado.
En una reunión entre cuyos asistentes se encontraba un distinguido
sacerdote, uno de los cilindros fue censurado y luego relegado a un
desván. Muchos años después lo encontré en el fondo
de un cajón y lo hice sonar. Se trataba de un canto que empezaba
así:
La camisa de la Lola
el cura se la llevó,
el cura se la llevó...
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La picaresca canción iba subiendo de tono, por lo que es fácil
comprender el mal rato pasado entonces por los austeros dueños de casa
delante del director espiritual de la familia.
La máquina fotográfica se diferencia poco de las actuales, y
todavía la conservo. Como en la época en que se construyó
no existían los obturadores automáticos, a la lente se le
adaptaba una cajita de cuero forrada en terciopelo, la cual era retirada
durante el tiempo requerido para la exposición. Papá, como un
referee
ante un boxeador caído, contaba en inglés los interminables
segundos que duraba la pose. Debido a la escasa sensibilidad de las placas, los
modelos al final de la cuenta eran acometidos por un incontrolable movimiento
de oscilación.
Jamás olvidaré la tragedia que constituía la
decisión del buen caballero de tomar grupos de toda la familia. El genio
se le empezaba a descomponer con los arreglos preliminares. Cuando el gran
telón de fondo, que imitaba un típico paisaje de Inglaterra,
estaba instalado en el sitio elegido, la fatalidad decretaba que se nos cayera
encima debido al inoportuno tropezón de alguno con los soportes del
background
. Después venía la complicación del endiablado
trípode, con sus resbalones, cada vez que el nervioso fotógrafo
metía la cabeza debajo del terciopelo negro para enfocar. Tristes son
los recuerdos de estas sesiones de fotografía, y culpo a la maldita
máquina de haber convertido a mi padre en un cascarrabias. Para colmo,
después de cada "toma" olvidaba dar vuelta el chasis, y la mayor parte
de las veces la foto salía en doble impresión con la anterior.
Las que llegaban a salir bien nos mostraban a todos con caras de abatimiento.
Casi siempre yo salía haciendo conmovedores pucheros.
Como mi progenitor era un hombre de esos que no aceptan que las cosas se hagan
a medias, ordenó demoler una parte del edificio, en el tercer patio, con
el objeto de construir su propio taller fotográfico. Reconociendo el mal
resultado de sus fotografías, contrató a un profesional para que
lo iniciara en los secretos del oficio. Muy luego llegó una cuadrilla de
trabajadores que, bajo las órdenes del "maestro Lillo", hombre de
confianza de papá, empezaron a levantar una galería de dos pisos.
En dos meses el pabellón de fotografía que debía ser
instalado en el primer piso estuvo terminado. El nombre de uno de los obreros
que intervinieron en la construcción debía perdurar en mi
memoria, porque en todas partes dejó escrito, con su tosco lápiz
de carpintería, la siguiente frase recordatoria:
Es probable que yo sea la única persona que lo recuerde después
de casi medio siglo.
Pero este nuevo Isaías no fue capaz de profetizar que su figura iba a
servir de arquetipo para la representación más genuina y
permanente del pueblo chileno: "
Juan Verdejo Larraín
". Las características del simpático y dicharachero Aguilera
quedaron grabadas en mi mente. Su firme dentadura, en que faltaba un diente, su
expresión cargada de malicia y su sombrerito de paño picado en el
borde, son los del ya inmortal Juan Verdejo. ¿Cómo iba a imaginarse el
modesto obrero que aquel niño, a quien le construía toscos
carretoncitos, iba a inmortalizar su desaliñada figura?
Algún tiempo más tarde me refugié en un rincón del
segundo piso, donde mi padre había construido su laboratorio. Necesitaba
aislamiento para soñar. Entre maletas viejas y muebles fuera de uso
instalé mi Torre de Marfil.
Poco después de iniciar mis encerronas llegó a mi vida la
señorita Judith, una encantadora vecina, quien se había hecho
cargo de enseñarme las primeras letras y prepararme para ingresar al
colegio. Mi mayor ambición la constituía haber podido ir a su
casa portando un bolsón repleto de libros y cuadernos, como los
verdaderos escolares; pero yo no contaba más que con un silabario
primorosamente ilustrado con láminas en colores, y era sólo ese
escuálido libro el que me acompañaba en mis idas a su casa.
Alarmados mis padres al comprobar que no progresaba en mis lecciones de
lectura, empezaron a considerarme como un triste caso de retardado mental. La
señorita Judith, más indulgente, atribuyó mi fracaso al
silabario. que fue substituido por el "Silabario Matte". Los efectos no se
hicieron esperar. Pasé rápidamente de "El Ojo" a "La Mano", y de
ahí a "La Lora", hasta llegar al cuento de "El Ratón Agudo".
Las tareas las hacía en mi rincón favorito; pero un día vi
con terror que éste empezaba a ser invadido por tremendos pericotes. Los
repelentes roedores se quedaban mirándome en franca actitud de
desafío. "Si guerra es lo que queréis - me dije -, guerra
tendréis"; y siguiendo las instrucciones de "El Ratón Agudo",
"con tres palitos y un ladrillo armé una trampa para cazar ratones".
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Juan Verdejo (óleo, propiedad de la familia Ibáñez Ojeda).
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Sin embargo. mis fieros pericotes resultaron más agudos que el
ratón del cuento, porque se comían el queso y ninguno caía
atrapado por el ladrillo. Decidí, por fin, poner una trampa que
había en la despensa. Todos los días se cazaban dos o tres, que
yo ahogaba en un tarro con agua.
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Primera caricatura de Juan Verdejo Larraín, publicada en "Topaze"
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Sus ojos negros y brillantes me pedían misericordia, pero yo
permanecía inclemente ante mis derrotados enemigos; y una vez
extraídos de su cárcel de alambre, los dejaba podrir para
sacarles los esqueletos.
Regimientos de hormigas, atraídas por la fetidez, acudían en mi
ayuda, y muy luego pude armar un esqueleto de ratón, gracias al cual
obtuve mis primeros conocimientos de anatomía.
Esta es la primera palabra que nos enseña a leer el "Silabario Matte".
¡Qué acertado estuvo don Claudio al elegirla! Breve, ya que diferentes.
" está formada por sólo dos letras ojo es la palabra que
fotografía su propia significación: las "oo" son dos ojos
separados por la —jota", que hace de nariz. Es, pues, la onomatopeya llevada a
la caligrafía. Gran parte de los chilenos de mi generación hemos
leído cientos de libros, miles tal vez; mas de ellos hay uno que
jamás podremos olvidar: este que se inicia con la palabra representativa
del órgano indispensable para leer todos los demás libros; la
palabra que el mismo Dios debe haber creado junto con ordenar su Fiat lux,
pcrque sin lps ojos la luz no habría sido percibida.
El "Silabario Matte", a pesar de su antigüedad, continúa ostentando
el título de "Nuevo Métodn", porque siempre habrá nuevos
ojos, ávidos de leer nuevos libros.
Mi profesora, la señorita Judith, vivía en un caserón tan
grande como el nuestro, y me hacía las clases en el comedor.
Jamás olvidaré la pavorosa impresión sufrida un día
que estaba recitándole una poesía cuyos versos decían:
Al
ocultarse el sol tras la montaña,
me dirigí ayer tarde al triste sitio
donde al fin concluyen las locas vanidades.
Junto con pronunciar las últimas palabras, sentí un fuerte y
tibio hálito en la nuca. Cuál no sería mi espanto cuando,
al volver la cabeza, me encuentro de manos a boca con la cabeza de un enorme
toro que me miraba con inquietante fijeza.
Con la velocidad del rayo me arrojé debajo de la mesa. Bastante le
costó a la señorita
Judith convencerme de que abandonara mi improvisado "burladero", orden acatada
sólo después de comprobar la ausencia de la fiera y saber
cuán inofensiva era, ya que, desde su nacimiento, había sido
criada en la casa. Al final del curso me había acostumbrado en tal forma
a la presencia del animal, que mi temeridad me impulsó, más de
una vez, a montarlo. El precursor de "Ferdinando" me llevaba por el
jardín mansamente en su lomo.
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