Retardataria fue la influencia del buey en la agricultura chilena. El ritmo
lento de sus pasos influyó poderosamente en nuestros agricultores,
quieres, sincronizados por tales "metrónomos", seguían aplicando
las normas de producción de la época colonial.
Las carretas cargadas con la cosecha avanzaban a razón de seis metros
por minuto, mientras sus ruedas gemían dolorosa y estridentemente, al
tener que sortear caminos intransitables. La caravana, en su marcha a la
estación de los ferrocarriles, se detenía por largo rato.
¿Qué pasaba? Al "Mariposa" se le había ocurrido vaciar
parsimoniosamente su dilatada vejiga. Al poco rato, otro buey se sentía
apremiado por la misma necesidad y, al satisfacerla, causaba nueva paradilla
del convoy de la producción agropecuaria. Como era imposible poner de
acuerdo a los bueyes para que todos mearan al mismo tiempo, las interrupciones,
en la marcha, se repetían varias veces en cada hora.
Si la Economía Dirigida se hubiera apoderado del gobierno de aquella
época, pienso que el Ministro de Agricultura habría dictado un
Decreto con Fuerza de Ley que obligara a todos los bueyes a mear
simultáneamente, aplicando, a la vez, con severidad, el picanazo de la
Ley del Delito Económico a los infractores.
Este tranco del buey, con sus continuas interrupciones, tuvo una influencia
perniciosa en la mente de los peones, inquilinos y patrones de fundo. Todos
perdieron el concepto realista del tiempo y fue apoderándose de ellos un
fatalismo musulmán.
Deseando zafarse de la esclavitud de este ritmo bovino, mi padre, como hombre
progresista, viajado y descendiente de pioneros norteamericanos, decidió
mecanizar su hacienda "San Luis de Pelequén". Se importaron camiones y
se habilitaron caídas de agua con el propósito de producir
energía eléctrica para mover los motores, que se encargó
de instalar el ingeniero Monsieur Bellet. Así, las trillas se hicieron
eléctricamente.
Pero su mayor orgullo era la panadería. Ahí todo estaba
mecanizado y nadie tocaba con sus manos - sucias o limpias - la harina, ni el
pan o las galletas destinadas a los peones. Estas últimas llegaron a ser
famosas por su exquisito sabor. Unos atribuían estos privilegios al
panadero, don José Santos Madrid, técnico español y
poseedor de algún secreto antiquísimo que lograba darle al pan un
sabor tan peculiar, un aroma tan excitante, que llegó a hacerlo
célebre.
No tardó su prestigio en conquistar Santiago. Amigos y vecinos,
esperaban todas las semanas la llegada del maná pelequenino en forma de
galletas. Mi papá atribuía el éxito a la higiene empleada
en su fabricación. Sin embargo, grande, espantosa fue su
decepción, y la de toda la familia, cuando se obtuvo la
revelación del secreto que empleaba don José Santos Madrid en la
preparación de la masa: todos los días el muy cochino sacaba la
"gamonita" y hacía "pichí" en la batea.
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