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"Metrónomos" en cuatro patas atrasaron el ritmo del progreso. Electrificación y receta maravillosa para hacer pan

XI

Retardataria fue la influencia del buey en la agricultura chilena. El ritmo lento de sus pasos influyó poderosamente en nuestros agricultores, quieres, sincronizados por tales "metrónomos", seguían aplicando las normas de producción de la época colonial.

Las carretas cargadas con la cosecha avanzaban a razón de seis metros por minuto, mientras sus ruedas gemían dolorosa y estridentemente, al tener que sortear caminos intransitables. La caravana, en su marcha a la estación de los ferrocarriles, se detenía por largo rato. ¿Qué pasaba? Al "Mariposa" se le había ocurrido vaciar parsimoniosamente su dilatada vejiga. Al poco rato, otro buey se sentía apremiado por la misma necesidad y, al satisfacerla, causaba nueva paradilla del convoy de la producción agropecuaria. Como era imposible poner de acuerdo a los bueyes para que todos mearan al mismo tiempo, las interrupciones, en la marcha, se repetían varias veces en cada hora.
Si la Economía Dirigida se hubiera apoderado del gobierno de aquella época, pienso que el Ministro de Agricultura habría dictado un Decreto con Fuerza de Ley que obligara a todos los bueyes a mear simultáneamente, aplicando, a la vez, con severidad, el picanazo de la Ley del Delito Económico a los infractores.
Este tranco del buey, con sus continuas interrupciones, tuvo una influencia perniciosa en la mente de los peones, inquilinos y patrones de fundo. Todos perdieron el concepto realista del tiempo y fue apoderándose de ellos un fatalismo musulmán.
Deseando zafarse de la esclavitud de este ritmo bovino, mi padre, como hombre progresista, viajado y descendiente de pioneros norteamericanos, decidió mecanizar su hacienda "San Luis de Pelequén". Se importaron camiones y se habilitaron caídas de agua con el propósito de producir energía eléctrica para mover los motores, que se encargó de instalar el ingeniero Monsieur Bellet. Así, las trillas se hicieron eléctricamente.
Pero su mayor orgullo era la panadería. Ahí todo estaba mecanizado y nadie tocaba con sus manos - sucias o limpias - la harina, ni el pan o las galletas destinadas a los peones. Estas últimas llegaron a ser famosas por su exquisito sabor. Unos atribuían estos privilegios al panadero, don José Santos Madrid, técnico español y poseedor de algún secreto antiquísimo que lograba darle al pan un sabor tan peculiar, un aroma tan excitante, que llegó a hacerlo célebre.
No tardó su prestigio en conquistar Santiago. Amigos y vecinos, esperaban todas las semanas la llegada del maná pelequenino en forma de galletas. Mi papá atribuía el éxito a la higiene empleada en su fabricación. Sin embargo, grande, espantosa fue su decepción, y la de toda la familia, cuando se obtuvo la revelación del secreto que empleaba don José Santos Madrid en la preparación de la masa: todos los días el muy cochino sacaba la "gamonita" y hacía "pichí" en la batea.