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Pero el tiempo no anda solo...

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(Si al lector no le interesan estas divagaciones abstractas, le recomiendo que, con toda confianza, se salte este capítulo.)

Al esquematizar el cuadro de Durero "Adoración de La Trinidad" , despojándolo de sus elementos decorativos, es posible observar que el Padre Eterno aparece representado por un triángulo, tal vez porque "el tiempo", dentro del concepto de los vivos, se manifiesta en tres aspectos: presente, pasado y futuro. Sobre el triángulo vemos una cruz, que, como se sabe, es el desarrollo del cubo, representación de la "masa", y arriba, la paloma volando evoca el "movimiento".
De acuerdo con esta interpretación, la trinidad cósmica - débil reflejo de la Santísima Trinidad - estaría compuesta por los tres principios fundamentales: "tiempo", "movimiento" y "masa". Ninguno de ellos puede concebirse sin la existencia de los otros; pero juntos constituyen el todo, que rige nuestro mundo fenomenal.
Resumiendo: Imaginemos el eje de la tierra infinitamente delgado; amarrémosle a este eje un hilo, también infinitamente fino y de un largo que corresponda al radio máximo de la tierra. Si atamos en su extremo una bola de plomo, el hilo girará con la misma velocidad que la tierra. Empecemos a acortar este hilo en forma constantemente acelerada, de acuerdo con la ley de la, caída de los cuerpos, probablemente veríamos que la bola de plomo iría aumentando su velocidad de rotación en razón directa del acortamiento del hilo, al punto que cuando éste llegara a quedar del largo que tiene el radio de un átomo, la velocidad de sus revoluciones sería exactamente igual a la del átomo, porque debe haber sólo una velocidad que rige todo el universo y que es la de la luz. Las modificaciones de esta velocidad están íntimamente vinculadas al tiempo y la masa. La rapidez con que giran los átomos es tan increíblemente vertiginosa, que nos da la ilusión de solidez (como ocurriría con una rueda cuyos rayos giraran muy ligero; nos sería imposible pasar un objeto a través de ellos). Esta solidez aparente resulta ser la masa que, como se sabe, no es de materia, pues sus últimos componentes son descargas eléctricas positivas y negativas; un fluido equivalente al alma. Desde acá veo estas cosas con mucha claridad y me parece increíble que si la materia no está hecha de materia, anden tantos materialistas por el mundo.
¿Puede compararse el mundo con el suntuoso hotel de Peleco?
Los materialistas creen que este mundo maravilloso en que vivimos es obra de la casualidad. Pero yo les pregunto: ¿Cuántos billones de casualidades elevadas a infinitas potencias se han requerido para construir este prodigioso universo que en nuestro breve tránsito apenas alcanzamos a vislumbrar? ¿Estas infinitas casualidades se han concertado para que vivamos algunos años, muramos, nos pudramos y desaparezcamos para siempre jamás?
Esta manera de pensar me parece un despropósito tan monstruoso como en el que caería un hotelero loco al construir en Peleco, pueblecito insignificante en que el tren se detiene apenas cinco minutos, un hotel-palacio, con todos los adelantos de la arquitectura moderna: calefacción electrónica, aire acondicionado, etc. Y de tal categoría que sus cocinas fueran manejadas por los chefs más refinados del mundo y los huéspedes atendidos por maîtres políglotas... ¡Y todas estas maravillas, que nada son al compararlas con las que el universo nos brinda, servirían para uno que otra pasajero que se bajara del tren, reloj en mano, y se sirviera, precipitadamente, un " sanguche " y una malta!
Hay que ser demasiado materialista para creer que el mundo está a la altura del Hotel Palace de Peleco. . .

Existe una "Bolsa Negra" para adquirir juventud.
Los más afortunados llegan a una vejez cómoda y aburguesada, pero sintiendo que el hielo se les cuela por los pies. El pasado se les desvanece como nubes en el horizonte lejano. Otros no se resuelven a pasar el umbral de la ancianidad y se repelan, de no haberle sacado mejor partido a su juventud.
-¡Ah, si yo volviera a ser joven, pero con la experiencia de mis setenta años! - exclaman con amargura. Pero como no pueden, como Fausto, entrar en tratos con Satanás, se las arreglan con el boticario, que les vende inyecciones de juventud.
¡Pero la juventud con experiencia resulta no ser juventud!

"Vejez", óleo de J. Délano.