Muchos años después tuve la curiosidad de visitar aquella casa
que cobijó mi niñez. Al entrar sufrí la extraña
impresión de que se había "encogido". Las que yo creía
interminables galerías me padecieron, ahora, estrechos pasadizos, y las
enormes habitaciones habíanse reducido, por sortilegio del tiempo, a la
mitad de su tamaño. Me pareció, asimismo, que el tiempo había sido más extenso
cuando vivía en esa casona. Los meses escolares eran largos como los
años de ahora, que a su vez resultan cortos como los meses de entonces.
El dinero también había sufrido una transformación
semejante. Los pesos de aquella época duraban más tiempo en el
bolsillo. Los de hoy se van con más velocidad que las "fichas" de
antaño . ¿Será que la inflación empezó a
manifestarse en ese abstracto campo que llamamos "tiempo"? ¿O es que los
relojes, esos inexorables taxímetros de Cronos, se han puesto
simultáneamente de acuerdo para caminar en forma más acelerada?
Sería interesante investigar si los niños de hoy sienten el
tiempo más denso que nosotros los niños de antes de ayer. Porque
si el tiempo tiene densidad, resultaría ser materia: una materia
líquida en que flota la vida.
Supongamos que nuestra vida es una tina de baño llena de agua. Al nacer
abrimos la llave del desaguadero. El nivel empieza a, bajar lentamente, en
forma apenas perceptible. A pesar de que el volumen de líquido expelido
es constante, cuando queda poca cantidad en la bañera, vemos que el
nivel baja más rápidamente.
De igual manera, a medida que se nos va vaciando el tiempo que ha llenado
nuestra tina, notamos con qué desesperante aceleración baja el
nivel del "agua-tiempo", hasta dejarnos completamente secos. Es en ese instante
cuando se nos coloca en una tina de madera, porque para nosotros ya no hay
más líquido.
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