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De la tracción a sangre a la tracción eléctrica

VII

Uno de los cambios fisonómicos más notables experimentados por la ciudad de Santiago al iniciarse este siglo se produjo cuando los "carritos con caballos" fueron substituidos por los carros eléctricos.

En la calle Catedral había una línea de tracción a sangre. Los carros, debían subir y bajar por la misma vía. Para este efecto, cada dos cuadras existían unos desvíos, y el carrito que llegaba primero debía esperar allí, cediendo el paso al que venía en dirección contraria.
Al llegar a las esquinas, los "carrilanos" hacían sonar un estridente pito. Como algunas veces los débiles "pingos" no tenían fuerza para arrastrar el carro, se pedía el auxilio de postillones. Estas maniobras eran animadas por un verdadero "chivateo" aderezado con expresiones obscenas que hacían ruborizarse a las pacatas pasajeras. De ahí es que a los que empleaban un lenguaje procaz se les tildara de "hablar como carrilanos".
Durante la guerra del 79 los cobradores fueron reemplazados por mujeres. Estas servidoras públicas llamaban la atención a los visitantes extranjeros. Sobre el enorme y enmarañado copete de pelo, una chupalla de hule se sujetaba como por un milagro, en posición tan coqueta, que el ala casi les tapaba los ojos. Parte de su uniforme lo constituían un delantal y un maletín de cuero colgando en bandolera, donde guardaban las "fichas"; porque en aquella olvidada época existía una moneda de hueso, especial para viajar en carro. Había fichas rojas y negras, para primera y segunda clase. De ahí los populares versos que decían:
Una ficha negra
y otra colorá,
una condutora
que no vale na.

Del estado sanitario de las cobradoras es mejor no recordarse. La mugre de sus manos fue tradicional.
Pero llegó el día en que un hombre de esos que tienen la pupila apuntando hacia el futuro, comprendió que era tiempo de cambiar el sistema de locomoción. Ese hombre, de noble figura, barba negra y rasgos que denotaban gran fuerza de carácter, era mi cuñado Eduardo Carrasco Bascuñán. Al verlo, parecía que un modelo del Greco, tal vez uno de los caballeros que acompañaron al Conde de Orgaz en su enterramiento, hubiera cambiado la armadura por un chaqué cortado por Monsieur Pinaud.
Se colocaron las líneas, se levantaron los postes para sujetar los cables de alta tensión, y llegó el día en que, con gran solemnidad, corrió el primer tranvía eléctrico.
A pesar de ser entonces muy niño, recuerdo que esa gondolita azul con barrotes amarillos y cortinas de lona con franjas rojas y blancas me causó una impresión perdurable. No lograba comprender cómo ese carro podía moverse solo.
En su interior iban sentados varios caballeros. Eran los representantes de la muy Ilustre Municipalidad de Santiago. Entre ellos se destacaba el segundo alcalde de la ciudad, don Eduardo Carrasco Bascuñán.
Son pocos, tal vez, los que recuerdan la campaña heroica que Carrasco hubo de librar para implantar ese gran adelanto que significó el reemplazo de los "carritos con caballos" por los tranvías eléctricos.
Los intereses creados por los estrepitosos y desvencijados carros de tracción animal pusieron el grito en el cielo. ¿Qué iba a ser de los abastecedores de pasto? ¿Se arruinarían los agricultores que poseían fundos cerca de Santiago? ¿Qué suerte iría a correr el gremio de postillones?
La artillería de la prensa arremetió en violentos artículos, y no faltaron las insinuaciones de algún malvado que acusaban al joven benefactor de haber recibido una suculenta "prima" (así se llamaba a las coimas en esa época) de parte de la empresa alemana que se interesaba por la concesión.
Llegó, por fin, el día en que la Municipalidad debería resolver en forma definitiva el problema de los tranvías, y tocó la fatalidad de que el animador de la idea estaba gravemente enfermo, afectado de una violenta bronquitis infecciosa.
Fue entonces cuando Carrasco, en un esfuerzo heroico, se hizo llevar en camilla, acompañado de su médico y de algunas enfermeras, a la solemne sesión municipal, en que su voto sería decisivo. A no ser por él, habrían transcurrido muchos años más antes de tener Santiago el servicio de locomoción eléctrica. No está de más recordar que, en esa época, la fuente principal de entradas de Carrasco Bascuñán la constituía el fundo pastero que trabajaba a las puertas de Santiago. . .
Fue uno de los últimos quijotes que pasó por Santiago como un caballero andante; pero fue él un hidalgo sin escudero. Jamás la grotesca realidad de Sancho logró alcanzar, al trote de su mula, el raudo galopar del Rocinante que cabalgaba este gran señor.