Uno de los cambios fisonómicos más notables experimentados por la
ciudad de Santiago al iniciarse este siglo se produjo cuando los "carritos con
caballos" fueron substituidos por los carros eléctricos.
En la calle Catedral había una línea de tracción a sangre.
Los carros, debían subir y bajar por la misma vía. Para este
efecto, cada dos cuadras existían unos desvíos, y el carrito que
llegaba primero debía esperar allí, cediendo el paso al que
venía en dirección contraria.
Al llegar a las esquinas, los "carrilanos" hacían sonar un estridente
pito. Como algunas veces los débiles "pingos" no tenían fuerza
para arrastrar el carro, se pedía el auxilio de postillones. Estas
maniobras eran animadas por un verdadero "chivateo" aderezado con expresiones
obscenas que hacían ruborizarse a las pacatas pasajeras. De ahí
es que a los que empleaban un lenguaje procaz se les tildara de "hablar como
carrilanos".
Durante la guerra del 79 los cobradores fueron reemplazados por mujeres. Estas
servidoras públicas llamaban la atención a los visitantes
extranjeros. Sobre el enorme y enmarañado copete de pelo, una chupalla
de hule se sujetaba como por un milagro, en posición tan coqueta, que el
ala casi les tapaba los ojos. Parte de su uniforme lo constituían un
delantal y un maletín de cuero colgando en bandolera, donde guardaban
las "fichas"; porque en aquella olvidada época existía una moneda
de hueso, especial para viajar en carro. Había fichas rojas y negras,
para primera y segunda clase. De ahí los populares versos que
decían:
Una ficha negra
y otra colorá,
una condutora
que no vale na.
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Del estado sanitario de las cobradoras es mejor no recordarse. La mugre de sus
manos fue tradicional.
Pero llegó el día en que un hombre de esos que tienen la pupila
apuntando hacia el futuro, comprendió que era tiempo de cambiar el
sistema de locomoción. Ese hombre, de noble figura, barba negra y rasgos
que denotaban gran fuerza de carácter, era mi cuñado Eduardo
Carrasco Bascuñán. Al verlo, parecía que un modelo del
Greco, tal vez uno de los caballeros que acompañaron al Conde de Orgaz
en su enterramiento, hubiera cambiado la armadura por un chaqué cortado
por Monsieur Pinaud.
Se colocaron las líneas, se levantaron los postes para sujetar los
cables de alta tensión, y llegó el día en que, con gran
solemnidad, corrió el primer tranvía eléctrico.
A pesar de ser entonces muy niño, recuerdo que esa gondolita azul con
barrotes amarillos y cortinas de lona con franjas rojas y blancas me
causó una impresión perdurable. No lograba comprender cómo
ese carro podía moverse solo.
En su interior iban sentados varios caballeros. Eran los representantes de la
muy Ilustre Municipalidad de Santiago. Entre ellos se destacaba el segundo
alcalde de la ciudad, don Eduardo Carrasco Bascuñán.
Son pocos, tal vez, los que recuerdan la campaña heroica que Carrasco
hubo de librar para implantar ese gran adelanto que significó el
reemplazo de los "carritos con caballos" por los tranvías
eléctricos.
Los intereses creados por los estrepitosos y desvencijados carros de
tracción animal pusieron el grito en el cielo. ¿Qué iba a ser de
los abastecedores de pasto? ¿Se arruinarían los agricultores que
poseían fundos cerca de Santiago? ¿Qué suerte iría a
correr el gremio de postillones?
La artillería de la prensa arremetió en violentos
artículos, y no faltaron las insinuaciones de algún malvado que
acusaban al joven benefactor de haber recibido una suculenta "prima"
(así se llamaba a las coimas en esa época) de parte de la empresa
alemana que se interesaba por la concesión.
Llegó, por fin, el día en que la Municipalidad debería
resolver en forma definitiva el problema de los tranvías, y tocó
la fatalidad de que el animador de la idea estaba gravemente enfermo, afectado
de una violenta bronquitis infecciosa.
Fue entonces cuando Carrasco, en un esfuerzo heroico, se hizo llevar en
camilla, acompañado de su médico y de algunas enfermeras, a la
solemne sesión municipal, en que su voto sería decisivo. A no ser
por él, habrían transcurrido muchos años más antes
de tener Santiago el servicio de locomoción eléctrica. No
está de más recordar que, en esa época, la fuente
principal de entradas de Carrasco Bascuñán la constituía
el fundo pastero que trabajaba a las puertas de Santiago. . .
Fue uno de los últimos quijotes que pasó por Santiago como un
caballero andante; pero fue él un hidalgo sin escudero. Jamás la
grotesca realidad de Sancho logró alcanzar, al trote de su mula, el
raudo galopar del Rocinante que cabalgaba este gran señor.
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