Del período que va desde el "gateo" hasta los primeros pasos,
sólo conservo recuerdos muy vagos. Uno de ellos es el de una enorme
gallina automática que había en la "Casa Prá", ubicada
frente a la nuestra. Mi mama Aurelia me alzaba para alcanzar la ranura y
depositar una moneda de cinco centavos, con los que la gallina ponía un
precioso huevo de lata lleno con pastillas de chocolate.
Al terminar el siglo XIX, mi padre adquirió una casa en la calle
Catedral esquina de Esperanza. Los acontecimientos ocurridos en ella se
mantienen, todavía, nítidos en mi mente y puedo evocarlos como si
fueran fotografías de uno de esos viejos álbumes familiares. El
caserón contaba con tres grandes patios. El primero, un jardín
rodeado por una gran galería de vidrios. El segundo recibía la
luz de una amplia claraboya, y en el tercero, pavimentado con piedra de
huevillo, había dos parrones y cuartos para la servidumbre. Allí
se cocía en grandes pailas de cobre el dulce de membrillo y cuajaban los
helados de canela. Mi vida se deslizaba entre el segundo y el tercer patio y
algunas escapadas por la puerta falsa.
Eran los tiempos patriarcales en que el buen Dios no se sentía generoso
al no enviarle de diez a doce hijos a cada matrimonio. En su infinita
sabiduría, El sabe ahora que a lo sumo puede mandarle dos o tres, ya que
en los departamentos en que se escurre la vida moderna apenas caben las
fotografías de los parientes más cercanos. ¡Cuánta
diferencia con nuestras antiguas mansiones, en que había salas, salitas,
salones, salas de billares, comedores para diario, comedores para fiestas,
piezas de costura, cocinas, reposteros, conservatorios para flores,
jardín, dormitorios para alojados, bodegas, gallineros, pieza para
guardar carbón, despensas, cocheras y caballerizas! Y no solamente los
magnates podían ocupar aquellos caserones, sino que cualquiera familia
de clase media disponía de uno semejante. Sin embargo, hay que reconocer
que no se le daba la debida importancia a la pieza de baño. Para veinte
dormitorios se contaba con una sola, a media cuadra de las habitaciones.
Los "Verdejos" de ese entonces vivían en conventillos. Estos, a pesar de
las protestas de los políticos extremistas de hoy día, eran
palacios en comparación con las "poblaciones callampas"
contemporáneas.
Como en esa época no había clínicas, las guaguas eran
"puestas a domicilio". Fue así cómo llegaron mis dos hermanos
menores, hasta completar la decena, que era la cuota mínima exigida por
los arquitectos y constructores de esos tiempos.
Estos nacimientos me sumieron en profundas cavilaciones. ¿De dónde
habían llegado y cómo los trajeron? Ante la insistencia de mis
interrogatorios, papá me explicó que los niños eran
traídos por una cigüeña, en un cajoncito. Sin embargo, yo,
dotado con alma de periodista, exigía más detalles y
proseguía en mis indagaciones: ¿Dónde estaban las
cigüeñas? Porque en el gallinero veía solamente las
gallinas, el gallo y el pavo que trajo la Cantalicia.
- La cigüeña se voló porque tiene que llevar guagüitas
a otras casas, hijito, me respondía mamá, con mal disimulada
impaciencia.
Pero yo volvía a la carga: -¿Y los cajoncitos?
A la mama Aurelia no se le ocurrió otra cosa que traerme un cajón
vacío de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar.
Ahí empezaron mis dudas.
La mayor de mis hermanas, que ya se había casado, venía a menudo
a visitarnos. Para el ojo del futuro caricaturista no podía pasar
inadvertida la curva, cada vez más pronunciada, del vientre de su
hermana.
El fenómeno se hacía más notorio cuando, a instancias de
mi papá, ella tocaba el violín. La revelación final me fue
hecha por Lisímaco, el hijo de la lavandera. Un año
después descubría que tampoco era real el Viejito de Pascua.
Estos dos engaños me hicieron perder la confianza en todo el mundo y un
negro escepticismo fue echando raíces en mi espíritu.
Un día, papá nos estaba dando una lección objetiva sobre
la forma esférica de la Tierra. Se valía de una pelota de
fútbol. ¿Sería posible creer que media humanidad anduviera con la
cabeza para abajo y que las aguas de los océanos se pegaran a la tierra
como si no fueran líquidas?
No. Esto era demasiado, y me salí de la pieza, porque para paparruchas
ya tenía suficiente con las de la cigüeña y Santa Claus.
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