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Primeros recuerdos: Una gallina que ponía huevos de lata. Un caserón de tres patios

VI

Del período que va desde el "gateo" hasta los primeros pasos, sólo conservo recuerdos muy vagos. Uno de ellos es el de una enorme gallina automática que había en la "Casa Prá", ubicada frente a la nuestra. Mi mama Aurelia me alzaba para alcanzar la ranura y depositar una moneda de cinco centavos, con los que la gallina ponía un precioso huevo de lata lleno con pastillas de chocolate.
Al terminar el siglo XIX, mi padre adquirió una casa en la calle Catedral esquina de Esperanza. Los acontecimientos ocurridos en ella se mantienen, todavía, nítidos en mi mente y puedo evocarlos como si fueran fotografías de uno de esos viejos álbumes familiares. El caserón contaba con tres grandes patios. El primero, un jardín rodeado por una gran galería de vidrios. El segundo recibía la luz de una amplia claraboya, y en el tercero, pavimentado con piedra de huevillo, había dos parrones y cuartos para la servidumbre. Allí se cocía en grandes pailas de cobre el dulce de membrillo y cuajaban los helados de canela. Mi vida se deslizaba entre el segundo y el tercer patio y algunas escapadas por la puerta falsa.
Eran los tiempos patriarcales en que el buen Dios no se sentía generoso al no enviarle de diez a doce hijos a cada matrimonio. En su infinita sabiduría, El sabe ahora que a lo sumo puede mandarle dos o tres, ya que en los departamentos en que se escurre la vida moderna apenas caben las fotografías de los parientes más cercanos. ¡Cuánta diferencia con nuestras antiguas mansiones, en que había salas, salitas, salones, salas de billares, comedores para diario, comedores para fiestas, piezas de costura, cocinas, reposteros, conservatorios para flores, jardín, dormitorios para alojados, bodegas, gallineros, pieza para guardar carbón, despensas, cocheras y caballerizas! Y no solamente los magnates podían ocupar aquellos caserones, sino que cualquiera familia de clase media disponía de uno semejante. Sin embargo, hay que reconocer que no se le daba la debida importancia a la pieza de baño. Para veinte dormitorios se contaba con una sola, a media cuadra de las habitaciones.
Los "Verdejos" de ese entonces vivían en conventillos. Estos, a pesar de las protestas de los políticos extremistas de hoy día, eran palacios en comparación con las "poblaciones callampas" contemporáneas.
Como en esa época no había clínicas, las guaguas eran "puestas a domicilio". Fue así cómo llegaron mis dos hermanos menores, hasta completar la decena, que era la cuota mínima exigida por los arquitectos y constructores de esos tiempos.
Estos nacimientos me sumieron en profundas cavilaciones. ¿De dónde habían llegado y cómo los trajeron? Ante la insistencia de mis interrogatorios, papá me explicó que los niños eran traídos por una cigüeña, en un cajoncito. Sin embargo, yo, dotado con alma de periodista, exigía más detalles y proseguía en mis indagaciones: ¿Dónde estaban las cigüeñas? Porque en el gallinero veía solamente las gallinas, el gallo y el pavo que trajo la Cantalicia.
- La cigüeña se voló porque tiene que llevar guagüitas a otras casas, hijito, me respondía mamá, con mal disimulada impaciencia.
Pero yo volvía a la carga: -¿Y los cajoncitos?
A la mama Aurelia no se le ocurrió otra cosa que traerme un cajón vacío de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar.
Ahí empezaron mis dudas.
La mayor de mis hermanas, que ya se había casado, venía a menudo a visitarnos. Para el ojo del futuro caricaturista no podía pasar inadvertida la curva, cada vez más pronunciada, del vientre de su hermana.
El fenómeno se hacía más notorio cuando, a instancias de mi papá, ella tocaba el violín. La revelación final me fue hecha por Lisímaco, el hijo de la lavandera. Un año después descubría que tampoco era real el Viejito de Pascua. Estos dos engaños me hicieron perder la confianza en todo el mundo y un negro escepticismo fue echando raíces en mi espíritu.
Un día, papá nos estaba dando una lección objetiva sobre la forma esférica de la Tierra. Se valía de una pelota de fútbol. ¿Sería posible creer que media humanidad anduviera con la cabeza para abajo y que las aguas de los océanos se pegaran a la tierra como si no fueran líquidas?
No. Esto era demasiado, y me salí de la pieza, porque para paparruchas ya tenía suficiente con las de la cigüeña y Santa Claus.