Mis padres decidieron ponerme el nombre del que sería mi padrino, el
almirante don Jorge Montt, que regía, en esa época, los destinos
de Chile, cuya esposa era hermana de mi madre.
En el tercer piso del vetusto Palacio de Toesca estaba la Capilla. Los
parientes y algunos amigos, entre los que se contaban varios hombres
públicos, esperaban la llegada de una criatura a la que habría
sido inútil darle consejos de buen comportamiento. El tiempo pasaba y
los invitados empezaban a manifestar inquietud. ¿Qué habría
ocurrido? Un accidente de autos no era posible. Todavía no se
habían inventado.
Por fin apareció la encantadora guagua en brazos de su madrina, su
tía Leonor Frederick de Montt, esposa del Presidente de la
República. Para justificar el atraso explicó que la gorra de la
guagua había desaparecido. Venían de trajinar la casa entera. La
que el niñito traía puesta era la de la muñeca de su prima
Lila. Todos se vieron obligados a celebrar la ocurrencia y el capellán
de palacio, señor José Venegas, inició la ceremonia del
bautismo.
En el momento más solemne, un ruido intestinal producido por el futuro
fundador de "Topaze" fue como el anuncio de la catástrofe que nadie pudo
prever. Una verdadera erupción de líquido y lava corrió
por los dorados galones del ilustre y presidencial padrino.
Desde ese día, Jorgecito se creyó autorizado para seguir haciendo
su gracia con todos los Presidentes de Chile.
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