La joven pareja, progenitora ya de siete niños, paseaba una tarde por el
jardín de su quinta, en Quilpué. Ella esperaba su octavo hijo.
Inesperadamente dio un grito y se quedó con los ojos clavados en el
cielo. El esposo, alarmado, le preguntó si había sentido
algún dolor agudo, pues el embarazo corría el crítico nono
mes.
-¿No viste el fenómeno celeste que acaba de producirse? - le
interrogó a su vez ella, con voz trémula por la impresión
y con la mirada aún clavada en el cenit.
- Nada he visto - contestó él, solícito y temeroso al
mismo tiempo de que su esposa, debido al estado de avanzada gravidez, hubiera
sido víctima de una alucinación causada por exceso de
albúmina en la sangre.
- El cielo se abrió, como si se hubiera transformado en un inmenso
telón de teatro, y dejó ver un disco de fuego que osciló
sobre nuestras cabezas - explicó ella -. Fue tan grande mi miedo -
continuó, con el pánico reflejado todavía en sus hermosos
ojos verdes, que no atiné a llamarte la atención. Me
pareció como si el disco de fuego amenazara caer sobre nosotros y me
sentí desfallecer.
- My dear! - le dijo él, amorosamente, tomándola por el talle.
(Como era hijo de un capitán norteamericano y ella de un
británico, acostumbraban intercalar expresiones inglesas). ¡Es efecto de
tu estado! Mañana mismo iremos a ver al doctor Fonk.
Y pasando por debajo de la torre de madera de un molino de viento, de
ésos de aspa caracoleada que todavía se ven en Quilpué,
subieron lentamente la escalera de ladrillos que unía el jardín
con la amplia galería de vidrios.
"El Arratia" - vespertino tren de pasajeros que todo porteño de la
época conoció - acababa de anunciarse con lejano pitazo que vino
a interrumpir unas notas del
Largo
, de Haendel, que Nieves, la mayor de las hijas, interpretaba en su
violín con arrobado sentimiento, en el balcón de su alcoba. En la
casa vecina, un niño de grandes ojos claros la escuchaba embelesado.
Era Joaquín Edwards Bello, que medio siglo más tarde
evocaría esta escena en uno de sus artículos de "La
Nación".
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