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Además del invierno
neoyorquino se me coló en los
pulmones, una "pata de catre"

II

Pocos días después de haber recibido la medalla "María Moors Cabot", el invierno, que sin previo aviso resolvió adelantar su itinerario, entró en Nueva York como es tradicional que lo hagan los personajes ilustres: en medio de una densa y silenciosa "chaya" de papel blanco.

La gran ciudad quedó repentinamente cubierta de nieve; el decorado para el gran show de Santa Claus estaba recién pintado. Dos grados bajo cero se infiltraron traidoramente en mis pulmones. Durante la noche, la temperatura de mi sangre era de 39 grados sobre cero. En mi delirio, "soñé que la nieve ardía", como en el "Ay, Ay, Ay", del gran Pérez Freire; pero mi mujer no se atrevió a llamar un médico, por temor a gastar los escasos dólares de que disponíamos. Me vi obligado a permanecer en cama e interrumpir el programa de festejos que mis buenos amigos Félix Nieto del Río y Carlos Reyes Corona me habían preparado en Washington.
Frente a semejante contratiempo, decidí adelantar nuestro regreso a Chile, y una tarde, después de volar 24 horas, divisé, en las faldas de nuestros Andes, los almácigos de rascacielos que despuntan en Santiago, con el orgullo propio de los niños que se ponen pantalones largos.
No me sentía bien, y lo primero que hice fue visitar a mi médico. Este, después de traspasar mi tórax con sus rayos X, frunció el ceño y me ordenó guardar cama. Muy mal debió encontrarme, porque mi casa empezó a llenarse de parientes y amigos que al aproximarse a mi lecho me daban las mismas miradas compungidas que deben soportar los finados a través del cristal de esa ventana que les permite mirar por última vez el cielo raso. Se me obligaba a permanecer muy abrigado; pero cada vez que era sacado de mi casa para tomarme radiografías, me desnudaban sin ninguna consideración, y así debía permanecer mientras médicos y radiólogos discutían la presencia de una sospechosa mancha negra que, según decían, tenía la forma de un pescado.
Un día, el médico de cabecera, Héctor Orrego Puelma ("Titín", como le llamábamos en el Instituto), me dijo que sentía tener que someterme a una broncoscopía.
- Debo advertirte que es un examen bien desagradable, Cokecito; pero es indispensable hacerlo cuanto antes - me dijo el reputado tisiólogo. Temprano, al día siguiente, me puse en manos del doctor Rodríguez Dutra, quien después de insuflarme en la tráquea una tremenda dosis de pichicata (expresión usada por los adoradores de la diosa blanca:la cocaina) , ¡y de la buena!, me acostó en una mesa de operaciones y me introdujo un cañón tan descomunal (oí que el practicante lo llamaba "la pata de catre"), que es capaz de contener en su interior un juego de ampolletas eléctricas, prismas y hasta una máquina fotográfica; vale decir, que es un caprichoso periscopio, construido para otear desde el exterior lo que ocurre dentro del submarino que es nuestro cuerpo.
Yo sentía que "la pata de catre" iba penetrando por mi tráquea con la misma facilidad que los sables se deslizan por el esófago de los "tragasables" que trabajan en los circos y en la política...
La cocaína me evitó el dolor; pero, en cambio, me produjo la sensación de tener en el gaznate un grueso tubo de alcantarillado, por el cual se descolgaban el médico y sus ayudantes.
Creo que si esta tortura no ha sido empleada todavía por ciertas policías para arrancar confesiones, se debe a que el paciente queda imposibilitado para articular palabra. Una sensación de asfixia y de prolongado atoramiento me ha cía pensar que así era la agonía. Cuando "la pata de catre" ocupó íntegramente la tráquea, escuché por última vez la voz de uno de los médicos:
- Vamos llegando al "espolón", colega. (espolón= bifurcación de la tráquea)
Abrí los ojos, y sólo vi la negra densidad de la nada. Después - no sé cuánto tiempo pudo haber transcurrido- un disco rojo como un vórtice de fuego se precipitó sobre mí, succionándome como si hubiera sido un tornado. Una sensación de paz invadió entonces mi ser. Por asociación de ideas recordé algo extraordinario que le había ocurrido a mi madre durante el último mes que me llevó en su seno. Alfa y omega se habían unido en estrecho abrazo, y como si fuera una película neorrealista, vi proyectarse mi vida desde el momento en que fui concebido hasta ser recapturado por el disco de fuego.
Esta aparente proyección cinematográfica, no solamente en "glorioso tecnicolor" y tercera dimensión, me sorprendió por la novedad de mostrar, sin necesidad de colocarse anteojos polarizados, una cuarta dimensión. Tal particularidad es la que me permitió observar mi ego por dentro y fuera, simultáneamente; ser actor y espectador de mi propia vida. Como espectador empecé a sufrir nuevamente los episodios vividos por el actor. También descubrí que no estaba solo. Unido a mí estaba "Coke". Eramos hermanos siameses mal avenidos; pero ya no podíamos salirnos del libreto y estábamos condenados, pues, a repetir la escena, grata o repelente, sin saltarnos ni una palabra. Entonces comprendí que nos encontrábamos en el umbral del purgatorio.
Siempre tuve curiosidad por informarme de los hechos acontecidos a mi alrededor durante mi vida prenatal. Presentía que alguna relación debe de existir entre ese "pasado" misterioso, en el cual todavía uno no se ha diferenciado de la madre, y el "presente", que empieza en el momento en que la matrona procede a cortar el cordón umbilical. ¿Sería, entonces, el "futuro" aquel tiempo que viene después de la muerte?
Yo había averiguado que mi madre estaba profundamente deprimida por la pérdida de Isabel, su hermana más querida, y los médicos, temiendo que se agravara, aconsejaron a mi papá llevársela por largas temporadas a vivir en ese saludable y pintoresco rincón que es Quilpué.
Al hacer este análisis retrospectivo de los estados de tristeza y abatimiento que debí soportar durante los nueve meses obligatorios - en los cuales se vive en calidad de parásito de la madre y su sangre y sus humores se mezclan con nuestro ser, he comprendido por qué fui un niño triste y taciturno. Lo suficiente como para llegar a ser un humorista.