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Introducción Advertencia 1. Visita a Ernest O. Lawrence 2. Una fiesta pavorosa 3. El tribunal electrónico 4. El Poema del Hombre 5. Visita a Wright 6. La biblioteca de acero 7. El astrónomo desilusionado 8. Visita a Molotov 9. Noticias del más allá 10. La Fábrica de Novelas 11. Enemigo de la naturaleza 12. El padre de cien hijos 13. El pianista célebre 14. La Ignorática 15. Del músculo al espíritu 16. Una visita a Lin-Yutang 17. Verdugos voluntarios 18. El mercado de niños 19. Una visita a Otorikuma 20. El desquite del salvaje 21. El Instituto de regresión 22. Entontamiento progresivo 23. El ejército de Baadur 24. El aviador solitario 25. Las Venus feas 26. El elogio del fango 27. La interrogante del monje 28. El Museo de los Despojos 29. Universidad del Homicidio 30. Retiro marino 31. La muerte de la isla 32. Ascenzia 33. Congreso de Panclastas 34. Muerte a los muertos 35. Predicación de la soberbia 36. El fin de los perseguidores 37. La juventud de Don Quijote 38. Coloquio con García Lorca 39. El Primero y el Ultimo 40. La revuelta de los actores 41. Visita a Salvador Dalí 42. La Venganza 43. El gran sabio 44. El único habitante del mundo 45. El optimismo de Leopardi 46. Visita a Marconi 47. La humanidad de mármol 48. Italia es despojada de su belleza 49. Visita a Picasso 50. Visita a Voronov 51. El abate y las pecadoras 52. ¿Quieres la paz? 53. Muerto por el amor 54. La resurrección de la materia 55. Conversación con Paul Valery 56. La poesía del octogenario 57. Del Odio 58. Todo por rehacer 59. El regreso 60. Ancianos y niños 61. La Historia Universal a vuelo de cuervo 62. Visita a Hitler 63. La sublevación de los Dioses 64. Vida igual a Muerte 65. El Neocosmos 66. La conversación del Papa 67. Visita a Huxley 68. El Masculinismo 69. Los vendedores de imposibles 70. El Paraíso hallado Bajar documento completo em@il a Antonio |
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Conversación 20
Apia (archipiélago de Samoa), 4 de octubre. El recuerdo más hermoso que me llevaré de estas islas es la conversación tenida pocos días ha con un viejo polinesio, con quien hablé en la glorieta de un pastor metodista de quien yo era huésped. El viejo, que posee los mejores rasgos de su raza y un rostro abierto e inteligente, es, según me ha dicho el pastor, un convertido al Cristianismo y ha viajado por Europa y América. Se llama Wukaawa, cuenta unos setenta años de edad y habla con facilidad en muy buen inglés. Se discurría acerca de la civilización anglosajona, de sus conquistas y de sus culpas, y entre otras cosas se habló de la destrucción casi completa de las razas juzgadas «inferiores», «primitivas», por los cristianos burgueses de Londres y de Nueva York. Me dijo Wukaawa: - La forma de ceguera más grave de aquellos señores es la que les induce a considerarse «civilizados» al parangonarse con nosotros «salvajes». Si conocieran un poco mejor nuestra vida y la historia de sus pueblos, comprobarían con estupor, vergüenza y remordimiento, que esa distinción tan útil a sus intereses y tan favorecedora de su orgullo, en realidad no existe. Los «civilizados» son todavía «salvajes», o si le place más así, los llamados «salvajes» se parecen en los aspectos más comunes de la vida a los pretendidos «civilizados». Bastarán unos pocos hechos para probarle que no soy un malabarista de paradojas sino un honrado observador de lo que sucede en el mundo. »Comencemos por uno de los hechos fundamentales de la historia humana: la guerra. La guerra que hacen las tribus salvajes con finalidades de rapiña, podemos encontrarla, cambiando sólo las proporciones, en todos los pueblos «civilizados», que asaltan a otras naciones para apropiarse de territorios, ciudades, riquezas y otras presas. »Se ha reprochado a los salvajes por hacer guerra improvisadamente, de sorpresa, sin razones ni declaraciones. Pero, lo mismo ha sucedido en la última guerra mundial, por todas partes y por obra de los civilizados, quienes procediendo como los primitivos, han dado muerte a los prisioneros vivos o los han reducido a la esclavitud. »Hoy en día, en todos los países «progresistas» se tiende en formas diversas, pacíficas o violentas, a establecer la comunidad de bienes, con los nombres de socialismo o comunismo. Pero se olvida que en las antiguas tribus salvajes la propiedad privada era desconocida; todo, absolutamente todo, pertenecía al clan, o sea, a la comunidad. »Los pueblos civilizados se jactan de que, al cabo de luchas seculares, han llegado a la democracia. Pero, en todas las sociedades salvajes primitivas el gobierno era ejercido por un consejo de ancianos, el que debía rendir cuenta de su actuación ante una asamblea de adultos. »Se afirma que los salvajes no tienen conocimientos fuera de la magia, y es verdad, pero Sir James Frazer ha demostrado las profundas afinidades que median entre la ciencia y la magia: ambas se proponen poner al servicio del hombre las fuerzas de la naturaleza actuando sobre la esencia universal de las cosas, llamada por nosotros mana y por vosotros materia o energía. Además, si se quisiera hacer alusión a nuestros magos, bastaría recordar que todas las grandes ciudades del Occidente e incluso en nuestros días, están llenas de magos y magas, de profetas y ocultistas, de hechiceros y nigromantes, y que todos ellos hacen óptimos negocios. Hasta el mismo Hitler se hacía aconsejar, en sus decisiones de guerra o de paz, por especialistas en ciencias ocultas. »Además, se dice que muy frecuentemente la religión de los salvajes se reducía al culto de los muertos. Lo mismo acontece hoy en las naciones que se jactan de ser las más inteligentes y positivas. Las religiones reveladas son reducidas cada vez más a un residuo de símbolos y prácticas exteriores, sin un verdadero contenido de fe viva, mientras que el culto de los muertos es vivísimo incluso entre los ateos y los indiferentes. Bastará citar la adoración de la momia de Lenin, en Moscú, para probar que el culto de los difuntos y de sus reliquias es lo único que ha sobrevivido a las negaciones del escepticismo y del materialismo. »Las diversiones que prefieren las plebes pobres o ricas de los países civilizados, o sea el abuso de líquidos fermentados, las danzas frenéticas, las fiestas de máscaras, las músicas ruidosas y bestiales, son las mismas que se usan entre los salvajes. »En cuanto a la promiscuidad sexual que a veces es reprochada a los primitivos, y casi siempre erróneamente, será mejor que no insistamos. La difusión del adulterio, la multiplicación de todas las formas de prostitución, la creciente fortuna de los invertidos y de los pervertidos, son hechos reveladores de que la corrupción sexual de los civilizados supera en mucho a la de los salvajes. »Los salvajes andan desnudos, muchas veces por exigencia del clima o por pobreza. Pero, basta visitar vuestras playas durante las temporadas veraniegas, basta asistir a las exhibiciones de criaturas semidesnudas en los teatros y estadios, aproximarse a las colonias nudistas que florecen en los países nórdicos, para observar que los civilizados, también en esto, se parecen cada vez más a los escandalosos salvajes. »Finalmente, hasta la originalidad de los tocados femeninos mancomuna a la perfección en la inconsciencia del ridículo, a los ricos civilizados y a los pobres salvajes. Algunas señoras de París o de Nueva York nos parecen extravagantes y cómicas a nosotros los salvajes, de igual modo que parecían tales a los viajeros europeos las mujeres de la Nigeria o las indígenas de la Tasmania. »Y hasta los tatuajes de los polinesios están ahora de gran moda entre los delincuentes de Italia y de Francia, entre las mujeres de negocios turbios y los dandies de Inglaterra y de los Estados Unidos. »Así, pues, querría saber cuáles son las diferencias esenciales y sustanciales entre los llamados civilizados v los salvajes. Las formas exteriores, los enmascaramientos, los atuendos y las denominaciones del salvajismo civilizado, son en gran parte diversos, y digamos también que son más hipócritas y mortíferos, pero la estructura íntima de su existencia, los gustos, los hábitos y los mitos, son por doquiera casi los mismos. El «civilizado» que desprecia al «primitivo», encarnece a su sosía, se condena a sí mismo». El inteligente polinesio no habló más, pero ni yo ni el pastor metodista fuimos capaces de decir algo para contradecir los irrefutables hechos puntualizados por Wukaawa. |
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