CONTENIDO

Introducción
Advertencia
1. Visita a Ernest O. Lawrence
2. Una fiesta pavorosa
3. El tribunal electrónico
4. El Poema del Hombre
5. Visita a Wright
6. La biblioteca de acero
7. El astrónomo desilusionado
8. Visita a Molotov
9. Noticias del más allá
10. La Fábrica de Novelas
11. Enemigo de la naturaleza
12. El padre de cien hijos
13. El pianista célebre
14. La Ignorática
15. Del músculo al espíritu
16. Una visita a Lin-Yutang
17. Verdugos voluntarios
18. El mercado de niños
19. Una visita a Otorikuma
20. El desquite del salvaje
21. El Instituto de regresión
22. Entontamiento progresivo
23. El ejército de Baadur
24. El aviador solitario
25. Las Venus feas
26. El elogio del fango
27. La interrogante del monje
28. El Museo de los Despojos
29. Universidad del Homicidio
30. Retiro marino
31. La muerte de la isla
32. Ascenzia
33. Congreso de Panclastas
34. Muerte a los muertos
35. Predicación de la soberbia
36. El fin de los perseguidores
37. La juventud de Don Quijote
38. Coloquio con García Lorca
39. El Primero y el Ultimo
40. La revuelta de los actores
41. Visita a Salvador Dalí
42. La Venganza
43. El gran sabio
44. El único habitante del mundo
45. El optimismo de Leopardi
46. Visita a Marconi
47. La humanidad de mármol
48. Italia es despojada de su belleza
49. Visita a Picasso
50. Visita a Voronov
51. El abate y las pecadoras
52. ¿Quieres la paz?
53. Muerto por el amor
54. La resurrección de la materia
55. Conversación con Paul Valery
56. La poesía del octogenario
57. Del Odio
58. Todo por rehacer
59. El regreso
60. Ancianos y niños
61. La Historia Universal a vuelo de cuervo
62. Visita a Hitler
63. La sublevación de los Dioses
64. Vida igual a Muerte
65. El Neocosmos
66. La conversación del Papa
67. Visita a Huxley
68. El Masculinismo
69. Los vendedores de imposibles
70. El Paraíso hallado


Bajar documento completo
em@il a Antonio

Conversación 1
VISITA A ERNEST O. LAWRENCE
(O ACERCA DE LA BOMBA ATÓMICA)

Los Angeles, 2 de diciembre.

Han pasado ya bastantes meses desde la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, y acabo de conversar con el ilustre físico al que se debe principalmente esa terrorífica invención.

No es nada fácil acercarse al Profesor Ernest Lawrence, porque los sabios atómicos, como los más famosos gángsters, son celosamente custodiados. Pero tenía un grandísimo deseo de conversar con el inventor del ciclotrón, con el descubridor, junto con Oppenheimer, del nuevo método que logró la escisión de los átomos y que permitió la fabricación de la flamígera bomba.

Después de varios intentos fracasados logré conversar con Lawrence. Más que nada, anhelaba conocer o adivinar si se había planteado el problema de la responsabilidad moral que implica el espanto invento en el que participó con otras pocas personas. No perdí mi tiempo pidiéndole dilucidaciones científicas que él se habría negado a hacer y que por mi parte no hubiera sido capaz de comprender. En cambio, y con franqueza brutal, le pregunté

- ¿Qué experimenta usted, mister Lawrence, ante el pensamiento de los estragos debidos a su descubrimiento, y de los otros, quizá más vastos, que sobrevendrán en el futuro?

El mortífero profesor no se alteró lo más mínimo, me respondió con una calma angelical:

- Quiero suponer, mister Gog, que usted sabe, por lo menos de un modo general, qué es la ciencia y cómo ha sido siempre, al menos desde Tales en adelante, la pasión de los sabios. Éstos no se preocupan en lo más mínimo de las posibles consecuencias prácticas, sean útiles o nocivas, de sus investigaciones y de sus teorías. Tan sólo se proponen elaborar hipótesis y módulos capaces de dar una representación aproximada y una interpretación plausible del universo y de sus leyes. Los fundadores de la nueva Física nuclear: Rutherford, Niels Bohr y demás, no pensaban ni preveían que sus descubrimientos darían a los hombres, más adelante, la capacidad de fabricar una bomba capaz de aniquilar, en pocos segundos a millares y millares de vidas. Tan sólo querían penetrar los secretos del átomo, de esa última parte de la materia que por espacio de tantos siglos había parecido ser indivisible, mostrándose refractaria a cualquier análisis. Resumiendo: querían conocer y no destruir. Yo mismo, con el ciclotrón, me proponía simplemente acelerar los movimientos de esas partes electrificadas, y esto para una finalidad exclusivamente experimental. Luego vinieron los militares los políticos, quienes quisieron servirse de nuestros descubrimientos para uno de los objetivos máximos de las competencias mundiales: la abolición rápida y en masa de las vidas humanas.

Esta es la eterna tragedia del hombre: no puede menos que indagar, explorar, conocer, y casi siempre sus descubrimientos hacen sobrevenir catástrofes y muerte. La física nuclear es el acto más trágico de esta tragedia: por haber querido revelar los secretos del átomo el hombre tiene ahora en sus manos el medio para destruirse a sí mismo, para destruir la vida en todas sus formas, quizá para destruir al mismo planeta.

- Comprendo perfectamente, le respondí, pero a pesar de todo ello, ¿no experimentan alguna vez el escalofrío del remordimiento? ¿No estaría mejor renunciar al deseo del conocimiento a fin de ahorrar las vidas de los seres humanos?

- Le haré observar, replicó el profesor Lawrence con su voz tranquila, que la hecatombe de vidas humanas no debida a las enfermedades y a la vejez, es mucho mayor, en años de paz, que la debida a la bomba atómica. Esta hace muchas víctimas en un minuto, mientras que las otras causas hacen muchísimo más, pero diseminadas y esparcidas tanto en el espacio como en el tiempo. Hagamos algunos números. Sume a todos los que mueren asesinados por sus semejantes con armas o con venenos, a los que se matan con sus propias manos, a los que son deshechos por los automóviles, a las víctimas de choques y siniestros ferroviarios, a los que arden en los aeroplanos incendiados, a los que se ahogan en los ríos o en los naufragios marítimos, a los obreros que son triturados por las máquinas, a los mineros que se asfixian sepultados en las minas, a los que son ahorcados o fusilados por sus delitos, a los que son alcanzados por los tiros de la policía en los movimientos o motines y a los que son barridos por las ametralladoras, a los que mueren carbonizados en los incendios y explosiones, a los que fallecen de golpe en los certámenes de box o en las carreras de automóviles, a los fulminados por la corriente eléctrica y a los alcanzados por los tóxicos en los experimentos científicos. Y tenga en cuenta que dejo a un lado a las víctimas de los terremotos, de las erupciones volcánicas, de los rayos, de los deslizamientos de tierra y de los aludes. Cuente tan sólo los seres humanos que mueren por causas estrictamente humanas, y verá que cada año y en todo el mundo alcanzan a varios millones, que son muchísimos más que los muertos por la condenada bomba atómica. Pero, como esos pobres cadáveres se hallan diseminados en todos los países, y son segados por muerte no natural y violenta en distintos días y meses, entonces, únicamente los estudiosos de la estadística llegan a tener conocimiento de los pavorosos totales; por eso es que el hombre común se conmueve y excita ante el episodio de Hiroshima, y no piensa en esas otras calamidades, mucho mayores, que acontecen todos los días y en toda la superficie de la tierra. La compasión no alcanza a ser homeopática, sino que es suscitada únicamente por el exterminio simultáneo y en masa.

Y, sin embargo, también en las innumerables atroces muertes de cada, día hay siempre responsables: fabricantes, técnicos, conductores, criminales, perezosos, descuidados, ignorantes, etc. Por lo tanto, ¿por qué únicamente yo habría de sentir remordimiento, yo que trabajé antes que nada para acrecentar los conocimientos del universo que posee el hombre, yo, que únicamente por obligaciones de ciudadano colaboré en la construcción de un arma que debía vindicar y proteger a mi patria?

La conversación ya había durado demasiado tiempo, y el profesor Lawrence me despidió con breves palabras.